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Rewind o La Máquina del Tiempo y la Puta que me Tiró

La vergüenza de los espejos mundanos hace acto de presencia
en las pelotudeces dichas por mí y en los errores que mi vejiga trola no pudo contener.
Un moco chorrea de mi nariz
fría.

La tristeza de las cosas materiales no se deja estremecer en su pose marmórea de estatua,
dura como la verdad más puta,
pesada como un silencio febril.

El rencor de los pasados truncos llena mi boca de sal,
explota
en un árbol de neuronas cansadas que quiero mandar
a soñar un sueño sin retorno,
que detenga la voz de las trompetas crueles
inmisericordes
de la música de horrores
de este carnaval.
membrillo caliente
ventosas
transformistas en un bar de mala muerte

un cartel dice que
vendo espejitos de colores

Rojas y verdes luces del amor prestidigitan bajo un halo de rouge

lujuriosa en peligro
automedicada

siempre me sentí
insolente y
huésped

Algo que escribí por la época en que tenía el corazón achicharrado de la miseria y cuando no había conocido aún a quien sabría cómo enseñarme a "Volar".

Hoy no es momento de hablar acerca del frío que hace ni de las pequeñas nubecitas de tristeza en mi interior. Hoy es momento de bordar una bandera con retazos de cosas que pasaron –tiempo verbal en pretérito: pasaron – y lanzarla al fondo del ropero. Y a otra cosa, mariposa.




De lo que a pesar de todo hace que mi vida valga la pena:

La sonrisa de una madre, y no de cualquiera, de la mía. La insistencia religiosa con que frente a viento y marea me da siempre

conversación

conversación

conversación.



Tristemente cierto:

Anoche fui una perra alzada deambulando por entre rastas y el olor a porro, y ningún pibe de rastas me alzó y no me fumé ningún porro.

Los intentos de chamuyo que me profirieron fueron tan híbridos como una larga deliberación acerca del sistema educativo en la actualidad, un par de ojos muy nerviosos, el vaso de cerveza que yo rechazaba y me seguían ofreciendo producto de reiteradas pérdidas de memoria a corto plazo, híbridos como preguntarme si tengo segundo nombre. La respuesta va a variar muy poco en todos estos casos, muchachos: silencio, movimiento insípido de cabeza, cara de resentida a quien nadie peina los flecos y no, no tengo segundo nombre.

Aún más tristemente cierto:

Me apena ser así. Pero no sé pedir perdón.



Este viernes horrible con alma de domingo me la vuela en un momento más en que pienso inútilmente que los ciclos se cierran. Ante todo y más que nada, que los ciclos existen.



No es hora de empezar a hablar sobre el hecho de cómo me estoy devanando la voluntad tratando de contener que desborde mi vejiga, es hora de empezar a callar.

Silenciar lo que pasó anoche, lo que querría que hubiera pasado, mi pequeña sensación de que algo daba un pequeño vuelco en mí cuando Alan se fue, dijo que no se quedaba, subimos la escalera del centro cultural a mirar unos cuadros que suscitaron opiniones poco interesantes y el invierno fue cruel y yo estaba desabrigada y Alan no se quedó a tomar un solo porrón.

Qué gusto a muzzarella, aceituna y chiflete tiene el día de hoy, qué amargo sabe el mate, qué feo el miedo escéptico que me abrumó ayer cuando volví a casa y saber que vivo de chuparle la sangre a mi mamá.



A veces los vampiros existen:

Lo demuestran mi existencia y mis colmillos bañados en sangre, las manos frías tengo hoy, qué invierno, no conozco la luz del sol, la noche es la tierra que mejor me conoce. Te enredo con dos ojos que tiemblan entre gris y celeste verdoso, te miro, vení, te muerdo, de mi beso te dejo la marca y el adiós, bebo de tu alma para saciar la mía.



Perra y vampiro no distan demasiado en casos como éste.

Me gusta disfrazar las verdades, la verdad es que soy un felino, tengo cara de niña buena, soy más ingenua de lo que desearía, no quiero ser mala pero a nadie le hago bien, perdón. Ya no queda mucho más que decir para terminar de corroborar que esto es el disparate impresionante de quien ostenta poco cariño y poco sexo.



Hoy no es momento de hablar sobre las habitaciones sucias y los incendios que las pueblan, hoy es momento de asumir un poco que sí tengo algo de perra y algo de vampiro, abrazar como a un peluche viejo la posibilidad de la vida después de la Academia y la posibilidad de los ciclos, y de que este ciclo, que fue mas bien tortuoso, lindo, miento, horroroso, se termine de una vez y para siempre acá.

dicho y sido el ciclo existió y se terminó

Luego de la derrota, saberse derrotado.

Sospechábamos que no había ido de putas ni una sola vez, ni una.
Como llegó, pispeó y se fue.
No sería una historia de grandes polvos ni grandes tertulias.
Una vez soñé ir con él a Cuba.
¡Pero basta, basta de él!

Coqueteando habido con mi costado más pragmático de nuevo
-vez de cordialidades súbitas,
cartel inesperado,
y sentir
que está ocurriendo algo real-,
presento una queja en el libro con pulso glacial,
que sea, quiera yo,
la final:

No es que no esté todo
para atrás como cuero de pija.
No es que yo haya aprendido a no llorar.
Sucede que adhiero al circo que levanto,
casi como si hiciera justicia,
casi como si hiciera pagar.
Y ahí es donde el minúsculo casi
germina
la imposibilidad de todas las beligerancias.
El circo se levanta pero mi grillo
se guarda un suspiro, papel de golosina, muchos quizás, quizás, quizás.

Concedo más de lo que bebo, hete aquí el problema que me regalé.
Una película en el parque, un recuerdo, militante y subversivo,
como llegó, pispeó y se fue.
Quizá los refranes guardan un rescoldo de verdad, y quizá puedo creer en ellos y en mí esta noche.
Y me guste
que caminen conmigo
en plena estación primaveral por las calles de Rosario.
Mis ojos escondidos detrás de unos Banana Republic de carey
muy viejos.
Su vejez
en una ínfima proporción por lo temporal,
vejez
por los rostros del entendimiento de otro entonces.
Vejez que vino importada de Vision Express recién inaugurado el segundo milenio
en manos de una amiga
que ahora junta polvo entre una lista de contactos
y un rejunte de veranos pasados,
polvo, veranos y tristezas
en un mapa de refranes
queridos mucho,
y un poco olvidados.

once de la noche y once miligramos de clonazepam y algo que no tiene nombre

Trató de no escucharte, trató de llorar. Trató de llorar, de que se le pusieran un poquito húmedos los ojos y de que a vos se te encendieran algunas lámparas (es mucho pedir).

A veces


la noche




es el peor de los tugurios.

A veces no tengo criterio para discernir lo malo de lo peor, pero por momentos todo se reduce a algo tan simple como estar con.

Hoy se ven clarísimas las luces.

Agua de lluvia, gotas agrias de reminiscencia

Te jactabas de tu suzuki negro, limpito, negro como tus rulos, como los pelos de tu culo limpito, negro,
reluciente.
Vanagloriaste tu gran nube de jaco pastorius sonando en la negrura elegante, limpia, de tu culo, de tu auto, highway star, me diste un beso highway star.
Te regalé el dvd
del recital del día en que naciste.
Salíamos con otro amigo tuyo, que era más lindo que vos.
Las ventanas cerradas, el aplomo asustado de mi persona contra el asiento delantero de acompañante,
siempre fui tu acompañante.
Besos húmedos y la timidez soberana del silencio, invierno afuera de tu auto, invierno adentro mío y tu sonrisa fue sin quererlo siempre cruel.
Te meabas de felicidad en el orgullo de tu auto, del cinco a cero de central, tu bajo eléctrico de chico rico y el perfil de che guevara forrado en guita viviendo en fishertown.
Decir que te quise bastante es una forma caprichosa de no decir que te quise mucho.
Me dijiste que la ética no estaba guardada en un cajón.
Pero te aburrían los beatles, y nunca te gustó lou reed.

La vida es una puta con sífilis que cobra demasiado caro

Hermoso como que me caiga un balde de sangre de cerdo en la cara, en el vestido horrendo que me queda mal.
Nefasto como sentarme en la alfombra a mirar una mancha de café en la colcha de alguien más.
Divertidísimo como que una picazón de mil bestias me carcoma la vagina.

Doloroso, como contar en mi mente las flores que te llevaría al cementerio, ponerme la camiseta del club de tus amores y llorar un poco más.
Miseria de llorona domesticada que se tira al piso cuando nadie la ve y empieza a gritar
para que nadie la escuche
para recordar
que te extraño, caballo de piedra
y no te pienso dejar de extrañar
que prefiero aunque a veces se me olvide que me peguen una cachetada y me digan toda la Verdad.





¡Cara de cadáver, eso tenés! Para qué te mirás tanto al espejo?
Para asustarte de lo mucho que tu piel parece
una pátina de leche?

¡Mediocre!

Dejá de leer

las porongas que escribís.





Hermoso como ver la pila de mierda que se amontona sobre las cenizas de mi moral.
Nefasto como el grito de una octogenaria que me llama a almorzar un plato bien hondo de grasa de ballena.
Divertidísimo como preferir que me digan que me odian y que tengan razón antes que sentarme a hablar al respecto.

Pusilánime como las penas livianas, insoportables que me aquejan.

Escrive de buelta: Ramona Montiel


Soñé que tenías el pito tan chico que no me podías lastimar. Ni siquiera alcanzaba a llamarse pija, porque era más pequeño que el de un bebé, y no era pija, era apenas un pito. No le busquemos lógica a mis silogismos ni razón a mis sueños, pito bebé, ni una sonrisa a mi cara cuando no la tiene, o pastillas para-que-no-me-dejes-con-un-pibe-a-mis-sucios-diecinueve-años a mi cartera.

Te puedo decir
 
que te regalo
 
mis pelos, mis hongos, mi olor a concha y a sangre
mis llantos

el rincón de mi mente en el que te escondés
 
Pero no te lo digo

Porque

me das

un poco de miedo


Cuando miro esos dos ojos que tenés, siempre tan lejos, verdes y callados. No me hablás mucho vos a mí y yo a vos sí sólo para negar el inevitable silencio que me inunda, cuando miro esos dos pozos de tu cara.
Eterna es la distancia e inmenso el abismo, y yo que deambulo por ambos soy una de esas personas que se tapan la cara con las manos para que no vean los demás lo feas que son, para ignorar que la noche está triste de recuerdos, y que yo podría subirme a una balanza y reventarla con el peso descomunal de mis ganas de que frotes tu pelo en mi nariz y de mi cuerpo que hace demasiado que no coge.

 

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