papà

Nadie mira verdaderamente dentro de mi, ni siquiera yo ante un espejo, ni siquiera yo ante mi mismo. Mis recuerdos duermen azules entre agua, duermen como fuego, duerme ardiendo en mi inconciente. La sola imagen plana, la casa en el campo. El sentir de un viento lejano. Papá yéndose en un auto rojo, nunca sabré qué modelo o qué marca, pero rojas eran también las baldosas del hall de entrada. Capaz naranja. Pero el auto colorea todos mis recuerdos y él saca el brazo para afuera y levanta su pulgar. Veo su espalda. Veo su espalda enorme que llueve sobre mi. No lo odio. Creo que me lastima no odiarlo. Imágenes que podrían recordar a alguna película, desde hace ya mucho tiempo que prendo el televisor, dibujo en la tierra de la pantalla o imagino flores o cualquier otra cosa que sea en esencia como la sangre. Un miedo que persiste, una inseguridad. Nunca lo tuve o no lo recuerdo. Una vez, a los seis años, me llevó al colegio en un Ford Ka sangre, y me dio vergüenza bajar y que me vean mis compañeros que tenìan tierra en la cara en un auto. Con cariño recuerdo la bicicleta áspera oxidada que lo paseaba en los días difíciles. Me veo atràs de la casa en claypole, mirando los yuyos y el musgo verde en las paredes.

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