El centro del universo estalla, explota, se reproduce, genera cuerpos celestes invenciblemente brillantes y profundas oscuridades siderales. Después, más abajo, todos los planetas, estereotipadamente redondos, todos ellos de colores vivos y solitarios. Debajo de ellos, las estrellas más tímidas, las pequeñas y brillantes miserias que acompañan como tristes edecanes, como perritos falderos temerosos, a la magnífica luna. Más abajo, las nubes, el smog y el techo de todas las casas del mundo; debajo del techo de unas de esas casas, de uno de esos refugios, de esas madrigueras humanas, yendo de un lado al otro, chocando contra el límite imaginario de estas cuatro paredes blancas llenas de manchas de humedad, fumando, tomando de a sorbitos cuotas homeopáticas de Hiram Walker y tecleando cada tanto alguna palabra en una máquina de escribir prestada: Yo. El mismísimo Yo que acaba de recurrir a una(s) dosis de Ginkgo Biloba (anfetaminas naturales: todo legal, todo bonito) para no caer de sueño en el infierno de estos días de irremediable calor estival y no soñar entre las sábanas revueltas de estos días, que corren como tortugas rabiosas: lenta pero brutalmente; dando dentelladas al aire y resoplando su tedio.
Los ruiseñores que cantan en la noche
me han susurrado al oído
todos los secretos del mundo.
Algunos de ellos,
como era de esperar,
te pertenecen
o te pertenecían...
nunca, nunca,
nunca
guardes tus secretos bajo llave
porque esto enfurece a mis amigos
que los harán correr a viva voz
hacia los ojos de los otros
para así, en ese acto,
se desnuden los tuyos,
haciéndote más vulnerable.
Por mi parte,
me comprometo a no develarlos...
de modo que quédate tranquilo,
mi pequeño polluelo mojado y sin consuelo,
nada ni nadie podrá conmigo
tus secretos estarán a salvo
de aquí a la eternidad
a la que estamos condenados
los tipejos de nuestra especie.
Así que no te preocupes por eso,
tomá un trago de algo
y arremeté con todo lo que tengas a la mano
(un anzuelo oxidado, una alfiler de gancho negra
una hojita de afeitar usada, un tampón empapado en nafta
y una mochila llena de oscuros y deliciosos secretos
que ahora compartimos)
contra todo lo que necesites quemar.
Y quemalo,
que no queden más que cenizas,
y quemá las cenizas también,
que no quede nada de nada,
ni siquiera el recuerdo.
Y después,
disfrutá de la calma,
tocate en silencio, lentamente,
y acabá gritando
y pensando en todas
y cada una de las personas
que alguna vez, aunque sea por un segundo
(ese segundo),
te hicieron sentir algo.
Colgá, de una vez y para siempre,
a tus papaítos dinosaurios
del sauce más alto que encuentres en el bosque,
cagate de risa de todo, de todos, de vos,
y alejá a la muerte,
(la tuya, la única que nos preocupa)
esa muerte que te espía
desde todas las baldosas flojas del mundo,
desde las hojas muertas del otoño
desde los trenes, desde los pequeños y redondos ojitos
de las viejas que compran el pan a la mañana
pero siempre,
siempre,
siempre,
tenela presente.
No hacerlo,
sería un error imperdonable.
Y esto no es un poema,
la poesía
(la mía, polluelo, la mía;
la tuya, calculo,
goza de muy buena salud)
está muerta y enterrada,
comida y vomitada
por todos los gusanos
de este cementerio.
Espero que puedas guardarme un secreto,
(guar-da-mé, guárdame un secreto)
teniendo en cuenta que yo
soy fiel guardián de los tuyos:
esto
es
una
simple
carta
(a vos?, a todos?
a nadie?,
a mí?)
Y espero que esto te haga reír,
que no necesites estas palabras
ordenadas
ca
pri
cho
sa
men
te,
que no te haga ni un poquito bien,
que te parezca una pérdida de tiempo;
que ya, en este momento,
estés leyendo algo que realmente valga la pena,
y que pienses que esto no es más que otro desvarío
de un tipejo encerrado
en una oscura habitación,
perdido inexorablemente entre esas cuatro paredes blancas
llenas de humedad
en una extraña ciudad
llamada Ezpeleta City.
Lejos,
irremediable,
insalvable,
infinitamente lejos,
de tu casa.
Tambaleándose sobre la punta del crepúsculo, relamiéndose de antemano y esperando ansiosamente tu respuesta,
G. Fink
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Misiva spleen trash super blues-ginkgobilovana
Te estoy hablando de
2+2=5,
blog triste,
dialogos agogó,
Fink,
Godofredo Fink es un Pajero,
nunca hablé con bob dylan
A Godofredo Fink no le alcanzan las manos para pajearse, drogarse, mandar mensajitos de texto como:
la cerda esta en la pocilga, lisergikos, lobos o algo así, así que no puede subir nada al blog, es absolutamente inoperante, pero así y todo me cae bien, entonces subo ésto que me mandó, porque soy una gorda copada y gauchita ;)
La gente, toda es masa de humanos que nosotros, acá, encerrados en estas cuatro paredes, denominamos “la gente”, es un concepto tan general que no se sostiene, pero es funcional al modo de hablar, de hacer mención de algo sin ser específico, sino resumiendo todas las complejas variables de gustos, caracteres, modos de vida, creencias religiosas, prácticas amatorias y en un interminable etc., en un artículo y un sustantivo... bueno... todo eso no existe... porque se marca en las coincidencias... decir “la gente” es partir desde un lugar superficial, para decir cualquier estupidez con igual o mayor grado de superficialidad... pero es necesario hablar de “la gente”, decir, cuando uno quiere marcar algo relacionado con una actitud, aunque más no sea hipotéticamente, general o mayoritaria... es matar al individuo enjuiciándolo desde una generalidad... y así en todos los sentidos y en todos los aspectos... o sea: estamos acorralados... igualmente, si no existiesen ese tipo de simplificaciones, la comunicación entre dos seres sería imposible... de hecho, así y todo, también es imposible... el lenguaje es un herramienta tan tosca que es imposible la comunicación, porque es siempre esquematizada y, desde ahí, se genera el consenso y la comunicación, nadie puede comunicar más que lugares comunes y todo se reduce al conocimiento de mundo... si alguien viene acá y nos habla de la campiña inglesa, nos la describe y nos cuenta una historia que sucede en ella, los dos vamos a tener una imagen distinta del lugar, del contexto, la fisonomía de los personajes, pero, al comunicarlas, al hacerlas verbo, digamos, al hablar sobre eso, vamos a comunicar... comunicarnos, dentro de una imagen estereotipada de la campiña inglesa y de la clase de persona que pueda vivir en la campiña inglesa... o en la selva amazónica... indudablemente coincidiremos en que hay mucho verde, por ejemplo, pero la precisa tonalidad de verde que vemos cada uno es incomunicable... esto quiere decir, entonces, que la comunicación existe, pero solo en lo general y en lo más superficial... el mundo es un montón de gente que no se entiende más que superficialmente... ni con tus viejos, ni con tu novia, ni con tus amigos, ni con Roman Polanski... es un tanto frustrante saberlo, pero también es un alivio...
- Yo creo que mi comunicación con Roman Polanski va más allá de lo superficial...
El Silencio. Ese silencio meditabundo de dos personas en una habitación despintada, las ventanas cerradas y el sol clausurado. Silencio de habitación en penumbras y pensamientos aislados. El Dr. Huesos se levanta y toma un cuchillo. Me lo muestra, sonríe. Lo pasa juguetonamente por sus flacos brazos de poeta hambriento y me mira a los ojos. De sus ojos empieza a salir sangre y, repentinamente, todo su ser comienza a derretirse. Escucho una voz del otro lado de la habitación; el Dr. Huesos me habla de La Poesía apoyado en la heladera y fumando un Parliament. Me pregunto, mientras escucho el murmullo de su voz, quién de los dos Huesos será el real; el que me habla de Victor Hugo y de Lorca o el que se derritió ante mis ojos hace escasos segundos. Se filtran, desde la calle, por entre las rendijas más ínfimas de las ventanas cerradas, gritos de chicos y chicas. Es que la primavera ha llegado al pueblo y eso pone juguetones a los cachorros. El invierno los intimida y corren a refugiar sus tiernos culitos en sus madrigueras, pero la primavera los salva y los deja corretear libres por el asfalto caliente y la brea chiclosa. Son muy simpáticos, son como una jauría de gatitos de angora rabiosos correteando por los senderos del mundo. A su manera, festejan existir. Que difícil sería ver al Dr. Huesos y a mí mezclados entre esta horda de pequeñas explosiones de vida con nuestro paso tranquilo y nuestros ojerosos y lívidos rostros. Nuestras miradas perdidas detrás de los anteojos de sol, nuestros pensamientos dispersos y nuestro aliento de años a la sombra. Asumo que el verdadero Dr. Huesos es el que está apoyado en la heladera, solamente porque todavía sigue hablando. Persevera en existir y eso lo hace real. Sigue hablando de poesía, creo, o de un escritor en particular, pero no lo puedo seguir. Solo asiento con la cabeza. Mis pensamientos van de un lugar a otro sin escalas. Necesito lavarme la cara, necesito un poco de agua fría en la nuca, necesito caminar por las paredes de la habitación, necesito remacharme la cabeza contra la puerta del baño, necesito patear la mesa, necesito un martillo para romper esa guitarra de mierda, necesito un hectolitro de belleza, un mililitro de compasión, un bidón de NAPALM rabioso y una madrugada llena de problemas. Todo eso, y en ese orden. Qué necesitarán los cachorros?, qué necesitará el Dr. Huesos...? Por lo pronto, me encargaré de mis necesidades una por una hasta llenar mi madrugada de problemas... imagino el peso del martillo en mi mano y aúllo de la emoción. El Dr. Huesos me mira fijo y se ríe a carcajadas. En cada carcajada se va derritiendo como un helado abandonado en un infernal asfalto de enero. Ya no hay ningún Dr. Huesos en la habitación. Posiblemente eso era lo que necesitaba: convertirse en un viscoso y tibio brebaje de leche, azúcar y quién sabe qué más. Pasando por alto todas mis necesidades, me preparo un Cinzano, enciendo un cigarrillo y contemplo la habitación vacía. A su salud, Dr. Huesos, y que el infierno de los derretidos en combate sea más bello que estas cuatro paredes despintadas que me contienen. Que todo el día sea de noche, que la luna ilumine sus ya clásicas licuaciones y que las infernales niñas llenen sus oídos de mentiras mientras lo masturban y le muestran sus hermosas tetas desde sus endemoniados escotes. A su maldita salud.
la cerda esta en la pocilga, lisergikos, lobos o algo así, así que no puede subir nada al blog, es absolutamente inoperante, pero así y todo me cae bien, entonces subo ésto que me mandó, porque soy una gorda copada y gauchita ;)
La gente, toda es masa de humanos que nosotros, acá, encerrados en estas cuatro paredes, denominamos “la gente”, es un concepto tan general que no se sostiene, pero es funcional al modo de hablar, de hacer mención de algo sin ser específico, sino resumiendo todas las complejas variables de gustos, caracteres, modos de vida, creencias religiosas, prácticas amatorias y en un interminable etc., en un artículo y un sustantivo... bueno... todo eso no existe... porque se marca en las coincidencias... decir “la gente” es partir desde un lugar superficial, para decir cualquier estupidez con igual o mayor grado de superficialidad... pero es necesario hablar de “la gente”, decir, cuando uno quiere marcar algo relacionado con una actitud, aunque más no sea hipotéticamente, general o mayoritaria... es matar al individuo enjuiciándolo desde una generalidad... y así en todos los sentidos y en todos los aspectos... o sea: estamos acorralados... igualmente, si no existiesen ese tipo de simplificaciones, la comunicación entre dos seres sería imposible... de hecho, así y todo, también es imposible... el lenguaje es un herramienta tan tosca que es imposible la comunicación, porque es siempre esquematizada y, desde ahí, se genera el consenso y la comunicación, nadie puede comunicar más que lugares comunes y todo se reduce al conocimiento de mundo... si alguien viene acá y nos habla de la campiña inglesa, nos la describe y nos cuenta una historia que sucede en ella, los dos vamos a tener una imagen distinta del lugar, del contexto, la fisonomía de los personajes, pero, al comunicarlas, al hacerlas verbo, digamos, al hablar sobre eso, vamos a comunicar... comunicarnos, dentro de una imagen estereotipada de la campiña inglesa y de la clase de persona que pueda vivir en la campiña inglesa... o en la selva amazónica... indudablemente coincidiremos en que hay mucho verde, por ejemplo, pero la precisa tonalidad de verde que vemos cada uno es incomunicable... esto quiere decir, entonces, que la comunicación existe, pero solo en lo general y en lo más superficial... el mundo es un montón de gente que no se entiende más que superficialmente... ni con tus viejos, ni con tu novia, ni con tus amigos, ni con Roman Polanski... es un tanto frustrante saberlo, pero también es un alivio...
- Yo creo que mi comunicación con Roman Polanski va más allá de lo superficial...
El Silencio. Ese silencio meditabundo de dos personas en una habitación despintada, las ventanas cerradas y el sol clausurado. Silencio de habitación en penumbras y pensamientos aislados. El Dr. Huesos se levanta y toma un cuchillo. Me lo muestra, sonríe. Lo pasa juguetonamente por sus flacos brazos de poeta hambriento y me mira a los ojos. De sus ojos empieza a salir sangre y, repentinamente, todo su ser comienza a derretirse. Escucho una voz del otro lado de la habitación; el Dr. Huesos me habla de La Poesía apoyado en la heladera y fumando un Parliament. Me pregunto, mientras escucho el murmullo de su voz, quién de los dos Huesos será el real; el que me habla de Victor Hugo y de Lorca o el que se derritió ante mis ojos hace escasos segundos. Se filtran, desde la calle, por entre las rendijas más ínfimas de las ventanas cerradas, gritos de chicos y chicas. Es que la primavera ha llegado al pueblo y eso pone juguetones a los cachorros. El invierno los intimida y corren a refugiar sus tiernos culitos en sus madrigueras, pero la primavera los salva y los deja corretear libres por el asfalto caliente y la brea chiclosa. Son muy simpáticos, son como una jauría de gatitos de angora rabiosos correteando por los senderos del mundo. A su manera, festejan existir. Que difícil sería ver al Dr. Huesos y a mí mezclados entre esta horda de pequeñas explosiones de vida con nuestro paso tranquilo y nuestros ojerosos y lívidos rostros. Nuestras miradas perdidas detrás de los anteojos de sol, nuestros pensamientos dispersos y nuestro aliento de años a la sombra. Asumo que el verdadero Dr. Huesos es el que está apoyado en la heladera, solamente porque todavía sigue hablando. Persevera en existir y eso lo hace real. Sigue hablando de poesía, creo, o de un escritor en particular, pero no lo puedo seguir. Solo asiento con la cabeza. Mis pensamientos van de un lugar a otro sin escalas. Necesito lavarme la cara, necesito un poco de agua fría en la nuca, necesito caminar por las paredes de la habitación, necesito remacharme la cabeza contra la puerta del baño, necesito patear la mesa, necesito un martillo para romper esa guitarra de mierda, necesito un hectolitro de belleza, un mililitro de compasión, un bidón de NAPALM rabioso y una madrugada llena de problemas. Todo eso, y en ese orden. Qué necesitarán los cachorros?, qué necesitará el Dr. Huesos...? Por lo pronto, me encargaré de mis necesidades una por una hasta llenar mi madrugada de problemas... imagino el peso del martillo en mi mano y aúllo de la emoción. El Dr. Huesos me mira fijo y se ríe a carcajadas. En cada carcajada se va derritiendo como un helado abandonado en un infernal asfalto de enero. Ya no hay ningún Dr. Huesos en la habitación. Posiblemente eso era lo que necesitaba: convertirse en un viscoso y tibio brebaje de leche, azúcar y quién sabe qué más. Pasando por alto todas mis necesidades, me preparo un Cinzano, enciendo un cigarrillo y contemplo la habitación vacía. A su salud, Dr. Huesos, y que el infierno de los derretidos en combate sea más bello que estas cuatro paredes despintadas que me contienen. Que todo el día sea de noche, que la luna ilumine sus ya clásicas licuaciones y que las infernales niñas llenen sus oídos de mentiras mientras lo masturban y le muestran sus hermosas tetas desde sus endemoniados escotes. A su maldita salud.
Te estoy hablando de
2+2=5,
copypaste,
Fink,
la puta que lo parió,
Mogólico Hijo de Puta,
te ponías las pilas
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